Nací en un pequeño pueblo del oriente del país, en Chapeltique, San Miguel, en 1952 y soy hijo de Luis Adolfo Carballo y María Elia Carballo, muy católicos, de misa diaria, y fui educado en la misma línea, con una cultura al trabajo.
Desde pequeño iba a traer vacas y terneros, hacíamos trabajos de campo, éramos agricultores y ganaderos en pequeño.
La herencia que me dieron mis padres fueron los principios y valores cristianos, el amor al trabajo.

En el pueblo solo había una escuela que solo atendía hasta 6º. Grado y tenía que viajar a San Salvador, así salí y llegué al seminario Salesiano Rinaldi en los Planes de Renderos, estuve cuatro año y descubrí que tenía que tomar otro camino y que el sacerdocio no era para mí y tenía que buscar una forma de ingresos económicos para costearme mis estudios.
Estudié una carrera técnica en el Ricaldone, mantuve una beca con los salesianos y gracias a Dios y a ellos pude superarme.

Me incorporé al campo laboral y mi fortaleza eran los motores eléctricos, generadores y automatización.
Trabajé con varias empresas, entre ellas una alemana, Siemens, que fue una de mis mejores escuelas. Tenía que seguir los estudios universitarios y sentí la necesidad de independizarme, y a los 22 años monté mi primera empresa, Talleres Exsal.

Pero no renuncié a Siemens, para ver hasta qué punto la empresa me generaba los ingresos de Siemens, donde me pagaban bien como mando medio.
Crecí y llegué a tener 32 operarios. Mi fortaleza fue la industria azucarera, a la cual le trabajé durante 30 años y luego me extendí a Nicaragua, Honduras y Guatemala.

Un día, uno de mis aprendices me dijo que quería estudiar en el Ricaldone pero que ya no encontró cupo. Le dije yo que las podía con el hermano Coró y lo fuimos a visitar para convencerlo que lo aceptara. No quiso aceptarlo porque había examinado 600 muchachos y solo aceptaría muchos menos.

Le dije que para apoyar a mi aprendiz yo le compraba el pupitre y todo lo necesario, pero no aceptó.

En serio y en broma, el hermano Coró me dijo que por qué no ponía un colegio. Me molesté y medio resentido, en la noche hice números en la casa y decidí montar el colegio y al siguiente día visité otra vez al hermano y le comuniqué que lo instalaría, lo cual no le sorprendió porque él sabía de alguna manera que pondría el colegio. “Ya sabía que lo ibas a poner me dijo”.

Así nació el Itexsal, allí nace esta semilla de esperanza, el padre Coró y la comunidad de salesianos me apoyó, empecé en la colonia Escalón con 97 alumnos, en dos especialidades: electricidad y electrónica.

A los nueve años ya estaba en la casa de Quique Samour con más de 700 alumnos y este edificio en el que funcionaba el colegio Don Bosco, se trasladó a la Ciudadela y los responsables del colegio me dijeron que en lugar de vender el edificio para otros fines, me lo ofrecieron y me dijeron que no me lo iban a dar más barato y con facilidades.

El edificio lo quería la constancia, Armando Calderón Sol, unos turcos. El colegio lo monté un 3 de diciembre de 1981, cuando faltaba un mes para arrancar las clases, busqué ex compañeros para que trabajaran conmigo y luego, en el 90, nos trasladamos para este local.

Hemos caminado ya 35 años y tenemos 2,000 alumnos, lo hicimos mixto desde 1995. No nacimos mixtos porque en esa época las niñas no estaban interesadas, ahora tenemos niñas hasta en mecánica automotriz, pero además en Electrónica, diseño gráfico, arquitectura, contabilidad y allí empezó a crecer el alumnado femenino.